Los héroes épicos era dibujados como seres sobrenaturales, en los que las pasiones se desataban hacia el extremo. Roldán murió extenuado soplando su cuerno en Roncesvalles. El Cid, cuya realidad no era distinta a la de un mercenario, pasó a la historia como un héroe lleno de mesura gracias a su Cantar. Beo Wulf es la lucha contra el ser que habita en nuestras tinieblas. No es de extrañar que el Romancismo estuviera atraído por el mundo medieval, lleno de luchas que podía transferirse a la propia del alma. Hoy en día tenemos una gran epopeya, la de la búsqueda del bienestar emocional. Podemos compararnos a aquellos guerreros que terminaron sus días en el fango de cualquier región luchando por unos ideales que ahora se nos tornan absurdos, pero bien que para ellos valía la vida. Mientras, la Felicidad estuvo oculta hasta que el hombre la descubriera. Sinceramente creo que el Romanticismo fue el primer periodo histórico en el que se percibía que había un mundo mejor por encima de la vida. Hasta entonces, el pesimismo vital era evidente a pesar del intento grandioso que originó el Humanismo y el Renacimiento. Por qué será que las épocas de gran auge artístico es también la época de mayor beligerancia armada.
Los Hippies eran unos románticos que buscaron su escape a través de la evasión piscodélica, pero tal vez estuvieron cerca de alcanzar la Felicidad a gran escala, pero 1968 acabó con los sueños colectivos de encontrar la Felicidad. Y aquel sueño de Luther King se desvaneció en el tiempo. Desde entonces ya nadie se plante buscar la estabilidad de forma colectiva, a lo sumo en pareja. Las epopeyas se transforman en el espejo de lo que nunca llegaremos a ser, por valientes y caballerosos que seamos. La realidad histórica se convierte en germen del pesimismo colectivo. Plotino rondaba el UNO y tal vez ahora estemos en situación de comprender que todo empieza en el UNO.
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