Cuando el Mundo hace daño, nos damos cuenta de los débiles que somos; de que no somos héroes. Nos damos cuenta de los frágiles que es nuestra alma y lo fácil que la vendemos al mejor postor, aun si fuera el mismo Demonio. Entonces empezamos a pensar que tal vez exista el Cielo y el Infierno, el Bien y el Mal. Y es precisamente cuando nos alejamos de nuestra felicidad. Cuando nos sentimos engañados por el Mundo, nos convertimos en cobardes que sólo tienen la excusa de la lucha por los hijos. Los demás ideales se acaban para siempre comidos por la propia sociedad. Cuando nos damos cuenta de que nadie va a venir a salvarnos, actuamos como animales contra nosotros mismos. Nos devoramos y nos destruimos, y de forma hipócrita echamos la culpa de todo al Mundo. Pero la felicidad, me temo, creo que sólo es para románticos atrevidos y temerarios. La felicidad no se consigue huyendo y escondiéndonos en nosotros mismos. No hay razón para detenerse, porque es peligroso. La felicidad es un comenzar de nuevo constante. Y eso da miedo, os lo aseguro. ¿Por qué voy a huir de mí mismo? ¿Por qué voy a esconderme del Mundo? No me siento capaz de burlar a la Muerte, ni alejarla siquiera. El Destino no existe. y por ello no hay una razón para esconderse del Mundo. A no ser que la felicidad sólo sea para ti una palabra.
2 comentarios:
Hola Wig, te he dejado un premio en mi blog, cuando quieras te pasas.
A cuidarse, besos
Es cierto, no nos tenemos que esconder al mundo, somos libres para admirar lo que Dios nos ha puesto a disposicion. No hay que rendirnos por las cosas malas que hemos pasado, solo disfrutar diariamente y no prestarnos para continuar el engano de maltratarnos internamente por todo lo ocurrido .
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