jueves, 3 de septiembre de 2009

LA CARNE

En la Edad Media la Carne era el eslabón siguiente en la cadena ascendente hacia el Infierno. La lujuria se convirtió en el arma de batalla de los más estrictos religiosos. El sexo perdió la libertad forjada en civilizaciones antiguas y fue el símbolo de la degradación del alma humana. Y durante siglos no hemos podido superar esa tradición medieval llena de temores. Apareció la palabra "vicio" para designar a las almas impuras y se forjó la idea universal del maligno asociada con el placer sexual. Durante muchos siglos hemos estado influenciado por una conducta moral que destruye la comunicación corporal y todas las emociones enriquecedoras que están ligadas mentalmente. Nos han hecho creer que cualquier deseo sexual ajeno a la reproducción es un pecado capital. El camino hacia la felicidad está llena de trampas que tienen sus raíces en irracionales tradiciones basadas en el temor y el odio. El aquelarre se describía con frecuencia con tintes orgiásticos que recuerdan a Emperadores disolutos que destruyeron un Imperio, o el Mundo de aquél entonces. Y es curioso, pero el miedo transciende generaciones. La sexualidad parte de un deseo que a veces es difícil de exponer socialmente, lo que lleva generalmente a la frustración personal y emocional. Y la sociedad no ayuda mucho en ese aspecto. Tal vez si fuéramos más consciente de nuestros deseos sexuales podríamos ser más felices. Para muchos todo esto sonará más bien a herejía, como durante siglos de represión emocional. Nadie dijo que ser feliz tiene que ver con el sexo porque es un evidente tabú ancestral. Y reconocer esos tabúes ancestrales no sólo es difícil, sino que se torna, en muchas culturas, peligroso. Es deprimente pensar que nuestros pilares emocionales parten de mentiras centenarias sujetas a ideologías morales hipócritas y llenas de falsedades. Ser feliz requiere una profunda sabiduría humana y un valor de samurai.

3 comentarios:

carmensabes dijo...

Hola WIG, un placer como siempre visitarte, hoy te dejo un poema como comentario, un abrazo.



Por la noche, con la luz apagada,
miraba a través de los cristales,
entre los conocidos huecos de la persiana.
Como un rito o una extraña costumbre
la escena se repetía, día tras día,
igual siempre a sí misma.
Frente a frente su ventana,
la veía aparecer y bajo la tenue claridad de la luz,
lentamente, irse haciendo desnuda.
Sus ropas caían sobre la silla,
primero grandes, luego más pequeñas,
hasta llegar al ocre color de su cuerpo.
Andando o sentada, sus movimientos tenían
la inútil inocencia del que no se cree observado
y la imprevista ternura del cansancio.
Cuando todo volvía a la oscuridad,
los apresurados golpes del corazón
se aquietaban con una sosegada plenitud.
De quien así, ocultamente deseé,
nunca supe su nombre
y el romper de su risa es aún el vacío.
Sin embargo allí, en la perdida frontera de los catorce años,
por encima del Latín imposible
y de los misteriosos números de la Química,
el temblor detenido de mis manos,
la turbia fijeza de mis ojos sobre ella, permanecen,
dando fe de aquel tiempo, memoria de la carne.

Juan Luis Panero

Anónimo dijo...

Yo no lo sabia, era un incredulo, pensaba que ser feliz solo era eso, serlo. Que frase tan sabia esa que expresas "ser feliz requiere de gran sabiduria y de un valor de samurai".

Que dolor saber la verdad, aunque que tierno debe ser saberla y gozarla de verdad,
animo y abrazos para todos.

KUBAN dijo...

Me atrevería a decir que el sexo, el buen sexo, es la fuerza que mueve a la humanidad. Como dice Silvio Rodríguez "hasta la guerra hubo por una mujer" refiriéndose a la guerra de Troya. Pero en aquellos tiempos todavía no estábamos envenenados, narcotizados por la moralidad. Gracias por tu blog.