Hasta ahora, el dolor parecía algo relativo, inmedible. Y el pobre doctor sufría por descifrar de forma efectiva cuánto dolor tenía un paciente. Un gran número de éstos se explayaban en su poco aguante, como si el mundo se fuera a caer por un dolorcillo de nada. Y el pobre doctor, sudaba. ¿Será verdad que le duele tanto? ¡Si sólo se ha dado un golpecito con el martillo! En fin, el doctor ya no tendrá que sudar más. Una nueva herramienta utiliza patrones de actividad cerebral a través de una especie de resonancia magnética procesada por medio de un complejo algoritmo matemático determinará el dolor térmico. La incomunicación real de las sensaciones del dolor son tan indeterminadas como sujetos hay, si bien, es sabido que los jóvenes y los ancianos tienen más dificultad para ello. Otra cosa será si se podrá determinar de qué tipo de dolor estamos hablando, ¿puntual, crónico, piscológico?, etc. La ciencia de la neuroimagen ya está aquí, y los avances para la sociedad son incuestionables. Ahora bien, ¿podremos acceder todos a esta tecnología, o por ser pobre y vivir en crisis, tendremos que sufrir los recortes sanitarios extendidos (en los países que los hay, claro) por el ansia avariciosa de los grandes magnates del dinero? Mucho me temo que, los pobres todavía, durantes unas décadas más, iremos al doctor pretendiendo que sea adivino o que tenga una varita mágica al estilo de Harry Potter que mida nuestra sensación de dolor. Y si no, quedaremos embargados por los costes del uso de tal tecnología para siempre.
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