Cuenta la leyenda que Simónides de Ceos, tras un terremoto, se aisló del caos que lo rodeaba y dio marcha atrás en el tiempo, reconstruyó el palacio y el lugar que ocupaban los comensales que acudieron a un banquete en honor a Escopa, y de esa forma, identificó los cadáveres y los devolvió a sus familias para el luto. Así nació el arte de la memoria. Hoy en día tenemos las memorias externas para almacenar los datos, y en ella vamos guardando la información que nos ahorra memorizarlos. Mientras que los pilares de la civilizaciones antigua, hasta prácticamente el Renacimiento, se fueron forjando sobre la base del poder de dar marcha atrás en el tiempo y recordar, la civilización moderna, tras la aparición de la imprenta, se alejó del conocimiento y la destreza de la memoria. Su externalización cambió el concepto de lo que significa ser inteligente, tan profundo como el abismo de un océano. Hubo alguien que me dijo que los niños no tenían que memorizar, sino analizar y discurrir, pero resulta que estas dos cosas últimas son impensables sin la primera. Los teóricos de la psicopedagogía identificaron ser "una cotorra sin sentido" con la capacidad de almacenar datos que pudieran servir como base a un pensamiento posterior. Ahora, si necesitamos algo lo buscamos en un disco externo o un pendrive, pero al mismo tiempo dejamos de crear laberínticas conexiones neuronales que nos facilita el flujo de la información interna de nuestra mente. Y nuestro cerebro se hace más torpe para navegar por sí mismo, se pierde capacidad de análisis, de identificación y analogía intuitiva entre otras capacidades internas, pero sobre todo, se pierde la poesía de evocar sentimientos que alguna vez nos hicieron ser felices.
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